viernes, 3 de septiembre de 2010

Conectados

Aun recuerdo la vieja estación de tren, recuerdo todas las mañanas al señor que vendía café, al chico del diario, que hoy se instalo un puesto sobre el andén, es increíble como aun mantiene esa sonrisa reluciente. Aun me parece ver a la extraña señora con los sombreros raros, le decían la loca del sombrero, porque creo que he ido más de diez años ha esa estación y siempre estaba ahí la señora, luciendo un sombrero diferente cada mañana. Muchas veces le causaba algunas sonrisas a la gente de la estación, incluso a mi me causaban mucha gracia, pero por más que la gente se reía, la señora se paraba firme con elegancia y mucha actitud, demostrando que ella era feliz con sus ridículos sombreros. En aquella estación pasaron muchas cosas durante el tiempo que fui. Éramos como un equipo, las mismas caras íbamos todas las mañanas, con solo cruzarnos las miradas nos dábamos cuenta quien tenía un buen día o no. Sabíamos que cuando el señor que llegaba siempre menos cuarto, tenía cara de enojado era porque se había peleado con su esposa, era muy intrigante escuchar esos días, las peleas por teléfono que tenia dentro del tren. Estábamos todos callados, atentos, escuchando, como si fuera cada día un diferente capitulo. También estaba el señor que marcaba los boletos, siempre con su camisa afuera, desprolija, un hombre muy dejado, casi todas las noches lo veía en el bar de la esquina de mi casa, tomando al parecer siempre una buena botella de whisky. Así, todos los días nos encontrábamos todos, a la misma hora en aquella vieja estación, obviamente las palabras más frecuentes entre nosotros eran, “permiso”, “gracias”, “por favor”, “de nada”. Qué triste rutina la del ser humano, nos veíamos todos los días y aun así ni los nombres de cada uno sabíamos.
Una mañana de septiembre todo cambio en mi vida, no sé si para bien o para mal, lo único que se, que el flechazo había sido inmediato, repentino, sin aviso, en un breve lapso de lucidez, la vi. Era un ser divino, era la primera vez que la veía en la estación, en ese momento me encontraba dentro del tren, parado, esperando que empiece su lenta marcha. Miraba por la ventana y la veo pasar, cargaba unos ojos que guiarían a cualquier alma perdida del mundo, eran de un color amorronado con una forma única, diferente a cualquier figura matemática, imposible de haber sido imaginados por el ser humano, escapaban fuera de los límites de la realidad, dándome la sensación de ternura y poder a la vez, para combinar, llevaba unos labios perfectos, que escondían una sonrisa de otra dimensión. Imaginaba su sonrisa, y mi corazón se derretía por un instante, casi lográndose escapar por mis labios, le regale una sonrisa… la mujer noto que su extremada hermosura logro cautivarme y aun así, evito reírse, se aguanto las ganas de regalarme aquella sonrisa perfecta como una flor en primavera. Tristemente logre consolarme con el simple pensamiento, de que no merecía aquella sonrisa, si últimamente, no me había portado bien en la tarea del amor. La mujer se fue muy despacio, fue desapareciendo como el sol se esconde en la línea visible del horizonte, ese lugar donde se van los besos, las caricias, las palabras que nunca dijimos, que nunca dimos. Quedan ahí perdidos, huérfanos, en busca de algún oído, de alguna mejilla, de algunos labios, de algún cuerpo donde poder refugiarse.

Ese día había quedado como hipnotizado, esos ojos con su sonrisa, bloqueaban todos mis sentidos y no podía hacer otra cosa que pensar en ella, preguntándome si la volvería a ver. Salí de trabajo ese día y cuando llegue a la estación, me quede esperándola hasta el último tren de la noche, ella nunca volvió. Con el corazón atado por las sonrisas, me iba a mi casa caminando, quizás me la encontraba por casualidad. En casa me cambie, prepare la cena, pero prepare algo que imaginaba que le podía llegar a gustar a ella, inconscientemente puse la mesa para dos, quizás se equivocaba de piso y tocaba mi timbre. Como era de saber eso nunca ocurrió, mi corazón se negaba a olvidarla, que hasta llego a convencerme, diciéndome que mañana la íbamos a volver a ver. Después de haber pasado la noche más larga de mi vida, el único momento en el que logre dormir, fue unos minutos antes de que suene el despertador, me levante con entusiasmo, me puse mi mejor perfume, mi mejor traje, quería demostrar un poco de importancia, dar la sensación de empresario, aunque un empresario que viajaba en tren, no era algo común.

Me fui para la estación, como siempre allí las mismas caras, menos la de ella, es mas vi al compañero de la vuelta de casa que estaba vestido tan elegante como yo, y empecé a preguntarme: si también él la habrá visto, le habrá sonreído. Estaba que estallaba, quería clavarle un puñal imaginario en el medio del pecho, para verlo desangrase frente a mí.

Tomaba calma, convenciéndome de que era una casualidad. Espere sentado en un banco del andén, ella nunca vino a tomarse el tren aquella mañana, hasta deje pasar mi tren de todos los días, para ver si se había retrasado y nada. Triste, abandonado por miles de recuerdos, escribo en el banco “Aquí todos las mañanas voy a estar esperándote, para que me regales aquella sonrisa que me debes” Me pare y tome el siguiente tren rumbo a la oficina. Así todas las mañanas igual, sentado esperándola, creo que pasaron meses o quizás años, mis pies estaban más viejos, cansados, me senté en el banco y vi al lado de mi escrito, una carita con una sonrisa, junto a ella una flecha llegaba a otro texto que decía: “Te regalo la sonrisa que debí darte, pero a cambio de algo… devuélveme el sueño, el dejar de buscarte, de pensar en vos todo el tiempo”

Al leer ese texto mi corazón se detuvo con tanta violencia, que golpeo contra mi pecho, provocando un dolor dulce, me llenaba de intriga, no quería ilusionarme, quizás alguien me había jugado una broma, pero aun así las fuerzas, el creer que era ella, hacia que mi piel se estremezca, con solo volver a recordar esa increíble pero bella sonrisa. Entonces, al lado de ese texto escribí: “Te espero el segundo sábado de septiembre por el mediodía, en este mismo banco” faltaban tres semanas para aquel nuevo acontecimiento en la línea del tiempo, debía darle tiempo para que lo lea. Me fui al trabajo pensando “ojala sea ella”


Pasaron dos semanas y me ansiedad, se mezclaba con la incertidumbre dándome la perfecta excusa para no poder dormir, pensaba todo el tiempo: lo habrá leído, ira al encuentro.

Todos los días pasaba por ese banco, para ver si habría alguna respuesta, alguna señal de la mujer más bella del mundo.

Mis huesos ya estaban astillados, por las repetitivas caídas de la cama, por el intento inconsciente de querer suicidarme por su frágil intento de sonrisa, por querer imaginar cómo se sentirían sus labios tibios, húmedos, asesinos sobre mi piel sedienta de ella. Como le iba a explicar a ella que desde el primer día que la vi, no podía dejar nunca más de pensar en ella, su boca perfecta, sus ojos tallados, su piel de luna… ¿Era eso estar enamorado? O era la simple obsesión de no poder tenerla, la impotencia de no saber donde estaba, con quien andaba y si se acordaría de mi. Seguro que cuando la vea y le contara todo, pensara que soy un psicótico, no sé cómo se llamara dichos sentimientos pero sé que me enamore a primera vista y soy el perfecto psicópata por su amor, verla sonreír era mi única obsesión, sentir sus caricias, el roce de toda la piel de su cuerpo, rompían todo tipo de explicaciones filosóficas, en donde el más grande de los filósofos que poblaron en esta tierra, no hubiera podido describir semejante sensación. Vivía creyendo que la perfección se asemejaba a la felicidad, cuando uno era feliz, todo era perfecto, y a mí me faltaba ella para ser feliz.

Finalmente era viernes, mañana era el gran día, como de costumbre iba a ver si había algo escrito en el banco, alguna respuesta…pero nada.

Llegue a mi casa, prepare la cena, luego me fui a acostar, esa noche dormí como un ángel, no recuerdo lo que soñé, pero desperté sumamente feliz, con una sonrisa envidiable, estaba contento porque tenía una cita con el destino del universo. Me puse un pantalón de corderoy marrón, con una camisa negra, unas zapatillas crema, que hacían juego con el cinturón, un dulce perfume que nunca fallaba, me peine creo que millones de veces hasta encontrar el peinado perfecto. Finalmente llegaba el momento, salía del baño y todo trascurría en cámara lenta, debía llegar hasta la puerta de salida, los pasos eran lentos, creaban vibraciones en la mesa ratona del living, sentía que todo mi alrededor, todas mis cosas me miraban, irradiándome energía, como alentándome.

Llegaba a la puerta y todo el mundo era vacio, solo escuchaba el ruido de la puerta abrir y una explosión de sensaciones sentía que caían sobre mí, eran una mezcla de miedo, ansias, esperanzas, querían derribarme, como a un luchador en medio de una feroz batalla, pero uno a uno los iba combatiendo… de repente, el mundo se freno en aquel sábado, donde el sol se asomaba para espiar lo que iba a ocurrir, que destino habría resuelto el universo en aquella pequeña estación de tren, cuantos diferentes tipos de seres vivos, dioses, constelaciones, energías, se abran sentado a definir aquel escenario del tiempo, donde algo tan simple como parece ser, no lo es. Señores estamos hablando de la fuerza más poderosa del mundo a mi entender, hablamos del “Amor” Por eso debe ser difícil tal decisión, era una fuerza que escapaba fuera de los límites de la realidad y si no la mantienes bajo control, provocaría una catástrofe en el universo.



Había subido los escalones rumbo a la estación, lograba visualizar el banco del andén… nada… un banco vacio…

El pecho se me abrió en dos, todo estaba perdido pensaba, pero luego de tanto luchar, tanto soñar, no iba a darme por vencido ahora, me senté en el banco para esperar hasta el último tren si era necesario, pasaron como dos horas, mis esperanzas estaban sentadas junto a mí, miraban fijamente el tren arrancar, cuando en ese instante, sucedió, entre la ventanas del tren que iba andando visualizaba en breves destellos, a aquella mujer hermosa, sentada en el banco de enfrente, estaba mirándome. Mi corazón latía contra cada pared, era ella y me había equivocado en su descripción… era aun más bella, era imposible poder recordar tanta belleza junta, faltaba un vagón para que se termine el tren, ella sonríe y desaparece junto con el último metro de vagón. Me quede congelado, loco, incontrolable, por solo una sonrisa hermosa de ella, creo que nunca iba a lograr sobreponerme a tal impacto de dulzura.

Cruce directamente por la vías hacia el banco de enfrente del andén, la busque corriendo por todos lados, me senté en el banco y debajo de él, estaba su bolso vacio con un solo papel que decía: “Pensé que jamás te volvería a ver” “pensé que me estaba volviendo loca, creía que eras solo un producto de las ganas que tengo de amarte” al leer esas frases mire al cielo y sonreí, suspire y pensé: “yo también creí que estaba loco”

Junto a esa frase estaba el número de teléfono de ella. En ese instante de paz, cerré los ojos y dije: Gracias… (Porque por alguna razón estábamos buscándonos, solo el hecho de no abandonar nunca, el ir y creer siempre en lo que uno quiere, hace que lo que deseamos con toda el poder del alma, se haga realidad) lentamente me fui caminando a casa.



                                 Crespo Fernando

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