lunes, 23 de agosto de 2010

Sin Rumbo

El mundo es una porquería, pensaba aquel hombre sentado en el bar de sus recuerdos, estaba intentando ahogarse en uno que otro vaso olvidado en la barra. Sus lágrimas caían más lentas por la fricción de la sal, marcando los restos de un caudal en su piel. Su mundo inmenso se reducía a las simples cuatro paredes de un bar. Llegaba todos los días a las 8 de la mañana con una sonrisa elegante, increíblemente envidiable, con sus zapatos que le robaba el brillo a los ojos del sol, en la mano poseía un ramo de flores de colores vivos que no tienen nada que envidiarle al octavo color del arcoíris, se sentaba siempre en la misma mesa, pegada al gran ventanal del mundo, y ahí se quedaba hasta las 12 de la noche ,pero con una sola diferencia, su cara no era la misma que la de la mañana, se quebraba entre lagrimas y recuerdos. Parecía que el corazón se lo habían robado en aquel descuido, en el que se quedo dormido en su propia vigilia. Y así todos los días veía aquel hombre haciendo su repetitiva rutina diaria, lo curioso que siempre se quedaba viendo la puerta azul de la casa de enfrente, era una vivienda precaria, antigua, que se caía a pedazos, parecía abandonada. Me senté al lado de su mesa, lo veía y él estaba mirando inmóvil a la puerta, parecía perdido en un mundo de ilusiones, como esperando algo que iba a pasar, de que alguien iba a salir de esa puerta.


Lo veía tan perdido, volando en un mundo imaginario, que cambie de lugar dentro del bar, decidí sentarme en la mesa frente a él. Y lo miraba, con el único propósito: que le molestara. Quizás así, lograba entablar comunicación, pero ni cuenta se daba de que yo existía, ni se entero que tire un vaso al piso, parecía sordo, como si un escudo invisible lo aislaba de todos los sentidos del mundo. Me fui pensando en aquel hombre, rompiendo la imaginación en las baldosas frías, filosas, buscando respuestas entre los márgenes desconocidos de la realidad, que se escapaban desgarrándose por los marcos de la cerradura de un cajón. Y así, día tras día mi rutina se convirtió en la de aquel hombre. Todos los días iba a ese mismo bar y me sentaba en la mesa de enfrente, ambos mirábamos el ventanal.

Él, como una estatua miraba, miraba serio, luego con una sonrisa, luego con cara de duda, mas tarde con cara de esperanza, por ultimo tristeza con lágrimas llenas de sal. Sus expresiones, el movimiento de sus manos, su cuerpo temblar en cada instante, evidentemente existe una conexión entre el hombre y la puerta azul.

Y así todos los días la misma cara, la misma sonrisa y las mismas lágrimas con sabor a sal. Mas desorientado que nunca me encontraba esa vez, con la ansiedad por saber el por qué del estado de inconsciencia de ese hombre, ya prácticamente no me dejaba dormir. Pase muchas primaveras a su lado. Pero hubo un día de verano donde pude ver todo en el reflejo de sus ojos, era una mujer de belleza absoluta, con ojos de esmeralda azul, sus cabellos dorados parecían de seda y estaba entretejido con tanta sencillez, que lo hacía perfecto. Su piel parecía tallada con la piel del cielo, cálida, suave como una nube, ligera como un ave en libertad, húmeda como la lluvia que cae en la primera mañana de septiembre. Sus manos lucían la elegancia de una gacela, en pleno juego entre sus pares. Sus piernas delgadas, frágiles, eran impactantes, daban la sensación de miedo, de incertidumbre… sus pies brindaba más vida, a cada porción de tierra, en donde ejercían un contacto directo.

La mujer salía de la puerta azul y el tiempo se frenaba, baje la mirada para ver mi reloj, estaba detenido en el segundo dieciocho, inmóvil, como una roca. Sentía frio, escalofríos, pero la belleza de aquella mujer, lograba llamar tanto la atención que me olvide de aquellas sensaciones.

En un instante note, que me encontraba dentro del reflejo del hombre sentado frente a mí, el bar no era tan moderno, la vivienda con la puerta azul estaba reluciente, la calle no era de asfalto sino de empedrado, todo había cambiado, pasaban autos antiguos pero a su vez relucientes, no había edificios, solo casas. Increíblemente me encontraba en los recuerdos del hombre, formaba parte de ellos, mire para enfrente, ahí estaba ella, parada mirando su reloj con ansiedad, levantando la vista para cada rincón de la cuadra. El hombre al cual acompañe todo este tiempo estaba ahí, observándola con su sonrisa envidiable, con sus flores y un sobre que no había visto antes, en el había una foto de él y la mujer de enfrente. Saco la foto del sobre y en ella escribió ¿Te quieres casar conmigo?...

Muy nervioso cierra el sobre, se arregla un poco sus atuendos, por último, se pasa una servilleta por sus zapatos brillantes, cuando al levantarse, ahí estaba ella, en brazos de otro hombre, de traje gris, con un sombrero que le daba la sensación de intelectual, ella lo miraba con tanta ternura que quebraba todo tipo de leyes físicas. Finalmente entre risas y encantos, ella lo beso…

Al hombre del bar lentamente se le llenaron los ojos de lágrimas y por primera vez sintió mi presencia frente a su mesa, dirigió su mirada hacia mí y me dijo: Gracias por acompañarme tanto tiempo, sin ti nunca me hubiera animado a proponerle casamiento. Ahora es tarde, debo irme a casa. El hombre se levanto con su cara llena de lágrimas y un amor destrozado en el fondo del abismo, esperando que alguna vez lo busque el mar. Lentamente se fue y nunca más volví a verlo.

En cambio yo, quede solo en aquel bar, observando a la mujer más bella que jamás haya visto, pasaban y pasaban más primaveras, día tras día iba a ver a aquella mujer salir de su casa. Con mis zapatos brillantes como los ojos del sol, con un ramo de flores y una foto de ella conmigo.

Flor de un dia

El siguiente relato, trata de un hombre que se enamoro de una acompañante de una noche.   La luz provenía de la pequeña grieta de la ...