miércoles, 23 de junio de 2010

Libertad imaginaria

Levantaba el corazón con las yemas de sus dedos, con cuidado lo fue elevando. Su latido era frágil, sus labios finos como el filo de una navaja que dividían al aire en dos cortes simétricos perfectos en tamaño, su piel era gruesa, con marcas de heridas mal cicatrizadas. Cargaba en su espalda, un reloj de arena lleno de grietas a punto de estallar, no había más espacio para las caricias que se desgarraban por una porción de aire, por un fragmento de cielo.


El aliento se asfixia en su propio llanto y se tropieza con los frascos de arena olvidados en las esquinas pérdidas del mundo, donde solo existen en las cartografías ausentes, en las cruces millonarias, ambiciosas, eternas por su naturaleza.
Sentado, esperaba que explote el reloj de arena, contaba las gotas de lluvia que caían sobre su pecho abierto. La sangre se coagulaba, las estacas se clavaban en ese mar de lava ardiente que llegaba a su corazón luego del naufragio. Solo… sentado en su calabozo imaginario, buscaba un fósforo por debajo de las piedras, que le haga sentir un poco de calor en sus dedos de marioneta.

Los besos eran negros, una caricia se convertía en hielo seco. Lentamente el cielo giraba a su alrededor, lentamente el sol desgastaba las piedras. Los años se llevaron su cordura, el cielo cada vez era más alto, su límite no encontraba la línea del horizonte, donde los sueños esperaban encontrarlo.
Su corazón llega a la superficie de su pecho, intenta volar pero cae al suelo, agita sus alas, toma vuelo… pero choca con las paredes una y otra vez, desangrándose de a poco, es que a veces hacer escapar al corazón duele. Logra filtrarse entre los barrotes bipolares de la libertad, tomando vuelo hasta lo más alto del cielo. Y te veía desde arriba y tú lo mirabas alejarse, sintiendo que todo no fue en vano.



                                                                                                                

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